Asesinos a sueldo (la tabla del siete)

Lo malo que tienen los asesinos a sueldo es, precisamente, el dinero. Y que lo más común en las historias que los tienen como secundarios es que los protagonistas, a uno y otro lado de la cuerda floja de diez pasos, tengan las mismas ganas de matar a su oponente. Así que se disputan al asesino como en una partida de ping-pong, o como en una subasta, como quien llega a una subasta con una morena cuyos labios dan nombre a los semáforos a la que ha conocido casualmente una hora antes de pujar y entonces necesita pujar más alto, morena en mano, para que ella mantenga esa media sonrisa de sexo salvaje esa sonrisa que sólo se mantiene con diez mil por la mesa de colmillos de rinoceronte o veinte mil por el conjunto que marylin llevaba* (…) lo mismo con los asesinos a sueldo pero en vez de los labios rojos jugándose la posibilidad, entre otras, de unirse a la vuelta de un mal disparo al club de la alimentación nasogástrica o a la vuelta de uno certero al de los que fueron laringectomizados justo un instante antes de fallecer.
Lo malo de los escritores en problemas es, precisamente, el dinero, en su caso multiplicado por dos y a la vez por cero. Como no existen escritores a sueldo (porque un periodista es a un escritor lo que un fotógrafo a un cineasta), las tumbas están llenas de letras, por dos: las que dejaron en el tintero – o en el usb – y las que el banco tuvo que escribir de nuevo a nombre del mejor amigo no escritor del muerto. Porque nunca pueden pagarse los escritores en problemas, que no tienen sueldo, un asesino que cobre aquello de lo que carecen, y como mucho consiguen convencer a algún poetastro cercano para que les haga el trabajo, o lo intente, con tan mala suerte de que la tumba, como las de los faraones, también acoge a los sirvientes. Teniendo en cuenta esto, y sabiendo lo adicta que eres a las barras de los bares de los hoteles preferidos por las casas de subastas, no entiendo qué placer encuentras aún, a estas alturas, en seguir matándome a fuego lento. Contrata a alguien que termine el trabajo, y no me sigas hirviendo por dentro como ella al presidente (…) *la mañana que mataron a Kennedy.

Comentarios

adictaacruzarenrojo ha dicho que…
Ya sabes, el ruido de la cafetera, cuando se pone a fuego lento, y ésta empieza a hervir, para quien puso la yema del índice (polar) en la vitrocerámica, el ruido gorgoteante y caliente significa lo mismo que un gong o que la barrera del sonido jodida en mil pedazos por una siete (mas-dos) milímetros.
Debido al puto susto, que a la vez perfuma las paredes del microhotel de cuatro habitaciones con aire de colombia, el puto susto, que hace que a Marilyn se le vea casi la entrepierna, incita a los otros cuatro dedos polares (no pregunte usted donde quedo el índice) a vaciar el contenido hirviente en la boca y, mientras la lengua se va desintegrando a sarna con gusto, van poniendo en la vitrocerámica la segunda cafetera. Que sí, (que) se jodan los vecinos, porque el gong de la terraza no deja de sonar en Madrid ni siquiera los festivos.
vega ha dicho que…
Sois la hostia y os echo de menos a los dos!!

Muchos besos y muchos abrazos desde aquí. Aunque tengo poco tiempo para escribir sigo mirando por todos los agujeritos!!
vega ha dicho que…
Sois la hostia y os echo de menos a los dos!!

Muchos besos y muchos abrazos desde aquí. Aunque tengo poco tiempo para escribir sigo mirando por todos los agujeritos!!
Pequeña C. ha dicho que…
grande(s)
♥ La Haine ♥ ha dicho que…
me alegro d volver a caer por aquí.. :)

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